Archivo de la etiqueta: Una Guía en el Camino

Una Guía en el Camino. 8ª Jornada. Lavacolla – Santiago de Compostela. 12Kms. Final de etapa.

Dios! Valentín no durmió bien… A las 6 de la mañana nos puso a todos firmes frente a la cama para empezar etapa. Marcos dio media vuelta en la cama y Jose, tardó en enterarse… El fue al Camino por su Apóstol Santiago y quería llegar de los primeros, nosotros 3 íbamos por otras razones y no nos dábamos tanta prisa. El fin del Camino se acercaba y ninguno de los 4 quería que llegase. Se notaba en la actitud, en las caras, en las respuestas, en los gestos, en las palabras…

Partimos temprano, desayunamos y comenzamos etapa. Erróneamente, creíamos que iba a ser una etapa fácil… Tururú! Salir de Lavacolla y entrar en el Monte do Gozo está lleno de subidas, bajas, curvas inesperadas, asfalto que rompe los pies… Los pasos marcaban el objetivo, el final, la gloria. Los dolores habían quedado en cama, aún no habían despertado y los cambios de altitud no nos afectaban más que lo necesario. Nos fuimos encontrando a un montón de peregrinos y turigrinos que no habíamos visto en las etapas anteriores; pensamos en explicaciones y no las encontramos. Cruzamos opiniones, historias, sentimientos, dolores (al menos nosotros) y continuamos etapa hasta el Monte do Gozo. ¡Vaya instalaciones tienen allí montadas! Me alegro de habernos quedado en Lavacolla a dormir, allí no habríamos dormido nada. Por lo visto se juntan un montón de peregrinos (el albergue tiene capacidad para 500 personas) y montan unas fiestas padres, por eso de ser la última etapa antes de Santiago. Jolin, con los 4 juntos ya nos llega para trasnochar… Allí nos encontramos con Katoh, seguía de blanco impoluto, con su kimono que daba la sensación de recién planchado. Nos hicimos unas fotitos y seguimos, aún nos quedaban casi 5Kms hasta Santiago. Empezaron unas bajadas rebienta-rodillas que provocaban que Marcos y yo nos revolviésemos de dolor en lo más profundo de nuestro ser. Nos aliviaba pensar que ya quedaba poquito, cada vez menos. Manteníamos conversaciones absurdas para olvidarnos del cansancio y del dolor; y de vez en cuando alguien decía algo interesante. Hicimos paraditas cortitas de rigor. Valentín se estaba poniendo nervioso, cada kms recorrido, más nervioso se ponía. No veía el momento de llegar a la Catedral.

Llegamos a Santiago ciudad, los nervios se ponían a flor de piel. ¡Ya queda poco, ya queda poco! Cruzábamos calles, subíamos escaleras, cruzábamos carreteras… El olor a peregrino, a objetivo conseguido estaba presente. Las caras reflejaban pena, gloria, dolor, nervios, ilusión. Callejeamos, arriba, abajo, esquivar gente. Uy, ¿se ve ya? No, sigue un poquito más. Valentín empezaba a olvidar las resacas que le hicimos pasar, a Marcos ya le había dejado de importar si el teléfono funcionaba o no, Jose y su talón le dieron el placer de llegar sin cara de dolor. Yo. Yo ya había conseguido más de lo que esperaba. A lo lejos, oooooooh, avistamos la Catedral. Los últimos metros, vamos, vamos… La emoción nos recorría a los 4. Llegamos. Frente a la Catedral comenzaron los besos, los abrazos, la satisfacción de haberlo conseguido, de haber sido capaz de no sucumbir al dolor y no haber abandonado, de pensar: “oh, esto se merece que me perdonen todos lo pecados y poner el contador a 0”. Flasheamos el momento con fotos en grupo y solos y, de repente, soltamos las mochilas y nos sentamos en el suelo. Estábamos extasiados, haber llegado a la Catedral bien lo merecía.

Termino con la definición de personajes que os podéis encontrar en el Camino:

-          Peregrino: Dícese de aquel que recorre más de 4 etapas de cualquiera de los Caminos que llevan a Santiago con una mochila de minimo 10kgs sobre la espalda,  llena de cosas que le sobrarán a los largo de los días y de la cual no se desprende o manda por transporte aún se muera de dolor, de cansancio o de resaca.

-          Pingriño: Evolución del peregrino cuando llueve, pues este debe ponerse un chuvasquero tamaño XXL para que le tape tanto la mochila como así mismo.

-          Turigrino: Máxima evolución del peregrino histórico. Es aquel/aquella que va al Camino de Santiago maquillada, con pantalón vaquero, sin mochila y que si se cansa, coge un autobús hasta la siguiente etapa.

-          Ciclogrinos: Peregrinos montados sobre dos ruedas y con las mismas características que los peregrinos.

El resto de la historia se quedará en la retina y en la memoria de los que formamos el grupo porque: Lo que pasa en el Camino, se queda en el Camino. Fuimos solos y nos convertimos en un Equipo. Y es que, en el Camino “You´ll never walk alone”

Un abrazo enorme a Marcos, Valentín y Jose. Nos vemos pronto, muy pronto.

Mela Malouco.

Síguenos…

Una Guía en el Camino. 7ª Jornada. Ribadixo De Abaixo – Lavacolla. 33Kms.

Vaya mañanita… En la habitación se respiraba un ambiente resacoso que tiraba para atrás. Eran las 6 de la mañana y allí no se oía a nadie; solo Valentín que estaba casi listo y tiró por nosotros para que nos levantásemos al ritmo del famoso “quinto levanta…!!”. Yo me levanté y me lleve todo conmigo para el baño que estaba fuera de la habitación y les deje recogiendo lo suyo.  Los demás compañeros de habitación remolonearon todo lo que yo no pude. Cuando ya llevaba unos 20 minutos lista con la mochila al hombro y con el chuvasquero casi puesto (si, fue el único día que nos llovió, pero no sufrais, duró  poco más de media hora) empecé a dar vueltas esperando por mis chicos. No aparecían. Cuando desistí me acerqué al bar y oh, allí estaban desayunando; sin mi. “Llevo 20 minutos buscándoos”, su respuesta unánime: “donde creías que íbamos a estar?” Contesté: “pues tenéis razón”. Marcos y Jose (e imagino que yo también) tenían cara de “uf! No podemos llevar este ritmo nocturno”; Valentín, sin embargo, no tenía cara de nada, más bien era una mirada perdida que se pidió dos zumos naturales y se los bebió de golpe. Necesitaba vitaminas y el formato era lo de menos. Que pronto se pega lo malo… Me dieron tiempo a desayunar y comenzamos etapa.

Sabíamos que iba a ser una etapa dura, la noche anterior nos había dejado sin demasiadas energías, además de que el cansancio se hacía notar. Santiago estaba cada vez más cerca, pero todavía lejos; teníamos una sensación extraña. En dos días se terminaría el viaje, la experiencia, la convivencia (si lo podemos definir como tal), la compañía…Queríamos llegar y no.

Cuando salimos del bar, seguía lloviendo, muy poquito, pero llovía. Nos pusimos el chuvasquero y, de repente, nos convertimos en 4 pingriños: peregrinos con chuvasquero para la lluvia. ¡¡Parecíamos 4 jorobados de Notre Dame!! Jajajaja… La etapa nos castigó en un primer momento con una subidita pronunciada, que nos costó subirla. Valentín llevaba la cámara en la mano y se quedaba atrás… Uuuuummmmmh… Se quedaba demasiadas veces por detrás, había dejado de preguntarnos todo el rato que qué tal íbamos, si nos dolía algo, sin darnos ánimos para seguir. Nos quedamos viendo los 3 (Marcos, Jose y yo) y pensamos: “hoy la resaca le está matando y como el muera, nosotros vamos detrás!” Pues si, lo confesó. Estaba muerto, tenía el estómago que le pedía litros y litros de agua para limpiar. Oh! Oh! En esta etapa fuimos los 3 los que tiramos por nuestro hombretón de élite. A medida que caminábamos, íbamos pensando en donde nos rendiríamos esta vez; habíamos decido casi in extremis que no íbamos a ser capaces de llegar hasta Monte do Gozo así que, no hicimos más que preguntar en el Camino si había algún albergue antes del Gozo y a cuanto quedaba.

Hicimos unas cuantas paradas a lo largo de la etapa. Valentín estaba hecho polvo, tenia el estómago como una centrifugadora; tenía una carita… Marcos, Marcos no se quejaba pero también llevaba cara de cansado; la rodilla le daba latigazos pero cuando cogía fuerza le metía una caña a los bordones que nos dejaba atrás. Jose,  Jose estaba sufriendo… Esa mañana estuvo a punto de abandonarnos. Nos pedía que le dejásemos en el Camino, que necesitaba recuperarse. El talón derecho le estaba rompiendo de dolor y el sentido. En el momento que nos lo pidió, que siguiésemos sin él, respondimos todos al unísono: “¡o vamos todos, o no vamos ninguno!” Nos faltó ponernos a cantar el himno del Liverpool: “You´ll never walk alone”. Se cumplió todo el Camino. Después de vernos tan rematadamente convencidos de lo que le habíamos contestado, Jose se vio obligado a no tirar la toalla y seguimos. ¡No salíamos de ellas! A Marcos le acababa de salir ampollas en las manos… Si, si, si… Pero no, os equivocáis. Los bordones que se había comprado a mitad de Camino, tenían las empuñaduras de corcho y le metía tanta caña al andar, que le salieron una ampolla en cada mano. Menos mal que no hizo falta que Valentín se las curase, creo que no iba a ser capaz ni de meter el hilo en la aguja… Jejeje… Seguía recuperandose.

La lluvia nos dio tregua, aun que de vez en cuando caían algunas gotas gordas que nos hacían volver a ponernos el chuvasquero a todo meter para volver a quitarlo a los 3 minutos. Decidimos dejar que la lluvia nos refrescara y aliviara a Valentin, las manitas de Marcos y el talón de Jose. La etapa fue muy rural, muy rústica. Las horas pasaban y no se acababa nunca; volvíamos a preguntar una y otra vez qué albergue teníamos antes de Monte do Gozo. Todos nos respondían lo mismo, hubiésemos recorrido los kms que hubiésemos recorrido: “uy! Aun os quedan unos 10kms hasta Lavacolla y después otros 9 hasta Santiago de Compostela”. Juer, yo me preguntaba una y otra vez, ¡cuánto medían sus kilómetros por que los míos miden 1.000 metros y nosotros llevábamos 2 horas escuchando que nos quedaba la misma distancia cada vez que preguntábamos! Llegamos a una zona urbana y volvimos a preguntar, la respuesta: “uy, el albergue os queda a unos 10kms (…) Seguis por ahí… bla bla bla”. Noooooooooooo. Yo dije que me rendía, eran las 5 y pico y de la tarde y andar más, iba a suponer no moverse al día siguiente o, lo que sería peor, llegar al albergue y no tener cama. Bien, estuvimos todos de acuerdo en “abandonar” por hoy y buscar donde dormir y… ¡Eureka! Un hostal apareció delante de nosotros: “Hola, somos 4”. Listo, habitación y a dejar todo en la ducha. Quedándonos allí, dejábamos 9Kms para el día siguiente; nos sobraba, en dos horas llegaríamos de sobra a Santiago, con salir a las 7 llegaba. Costó 16E/cada uno. La habitación tenía 5 camas, un baño y una terraza a la que salías por la ventana (…) Daba igual, ya estábamos en “casa”. Nos duchamos, dejamos la habitación como pudimos y nos fuimos a la calle.

¿A quién nos encontramos en la recepción del hostal? A Katoh y a los catalanes que yo había dejado atrás cuando encontré a Marcos y Jose en la salida de O Cebreiro. Si es que, al final encuentras a todos. Charlamos un poco y nos fuimos a hacer que estirábamos un poco en un pequeño parque pegado al hostal. Bueno, justo al lado del parque había un bar… Hicimos ambas cosas, estiramos (sobre todo el “profesional de Jose”) y tomamos una cañita antes de la hora de cenar. Valentín tomo un zumo, Marcos revisaba las ampollas… Nos fuimos a cenar al hostal. Corrió el vinito con gaseosa (al que Valentín no consiguió resistirse), los choquitos, la carne asada…  Nos fuimos llenos para cama. No tardamos mucho en quedarnos dormidos, entre la barriga llena, el vino, el cansancio y el dolor, no hacía falta nada más para hacernos cerrar los ojos…

Mela Malouco

Una Guía en el Camino. 6ª Jornada. Palas de Reis – Ribadixo De abaixo. 31Kms.

Al despertador no le dio tiempo a sonar… Valentín se encargó de despertarnos al ritmo de “Quinto levanta, tira de la manta…” que tiene de politono en el móvil. Si, eran las 6:30 y el llevaba listo 20 minutos! Remoloneé embutida en el saco, dentro del barracón durante unos minutitos, los justos para que Valentín me echase una mirada matadora. Voooooooooooy. Mi rodilla izquierda estaba un poco hinchada, pero bueno, no le di demasiada importancia. Pensé: “¡un rico desayuno, espidifen en vena y al Camino!”. Ay ay… Fuimos a desayunar al bar de la noche anterior, donde Kourt nos había indicado su pócima mágica de pacharán. No estaba. El bar estaba lleno de peregrinos, turigrinos y ciclogrinos (los que van en bici…). Las camareras fueron muy finas, rápidas y amables. Valentín se tomó el zumo de naranja de golpe, yo creo que se estaba acordando de mi madre, de mi padre, de la familia de Argentina de Marcos y de los padres y hermanos de Jose… La resaca le estaba pasando factura. Él, un “legionario” frustrado (no es, ni fue legionario, pero seguro que sería uno de los mejores de entrar en ese cuerpo de élite), empezaba el día con ojos resacosos, flojo de piernas y con un leve malestar en el estómago que le iba a acompañar durante toda la etapa. Jose y yo, veteranos en el arte de catar cervecillas y vinito (bueno, yo de vinito no, que me pone malita…) estábamos como una rosa; Marcos seguía un poco de mala leche por culpa de la elefante agresiva de la noche anterior. Total, desayunamos y andando.

La ruta no era muy bonita, pero bueno, había que hacerla. El día estaba un poco pachucho: no hacía mucho frío, tampoco calor, un poco de humedad pero aun no se intuía demasiado si iba a llover o no. No me puse mi cazadora y entre en mi microclima particular. ¿Que por qué? Sacrifiqué el rimel, el secador, el aceite corporal, los modelitos… ¡No me iba a volver con marcas de sol a lo obrero! Como la italiana… (jajajajajajajajajajaja… Que mala leche…)

La etapa no fue nada vistosa.  Paramos a tomarnos nuestra cañita y pinchito y mantuvimos un ritmo muy bueno. Fue etapa record. ¡Llegamos al albergue a las 14:00 horas! Fuimos los 3º, 4º, 5º y 6º en llegar. Que orgullo y satisfacción. Empezaron a llegar más y más peregrinos: unos con las rodillas vendadas, otros sin mochila, otros con la botella de vino en la mano y con el porro en la otra…

Dejamos las mochilas, ocupamos la cama y nos fuimos derechos al restaurante que estaba a 5 metros del albergue. Ooooh! Una cañita, el menú de peregrino, copita de crema de orujo y… lluvia! Llovió durante toda la tarde. Jose ponía caras de circunstancias, no sabíamos que le pasaba hasta que se quitó las botas… Una ampolla asomaba por su meñique. El albergue estaba muy bien, tenía zonas separadas: los baños con la lavandería por un lado, los barracones por otro, la recepción por otro y la cocina y sala de estar en otro. Hasta tenía una pequeña rampa para acceder al río que pasaba pegado al albergue. La lluvia dio una tregua. Yo me fui a la ducha mientras Jose y Valentín ponían los pies a remojo en el agua congelada del río para curar la ampolla de Jose. Marcos daba vueltas y vueltas porque su teléfono no daba señales de vida y había que llamar a la novia. La ducha me sentó bárbara. Cuando regresé a la habitación, Marcos seguía dando vueltas y lo solucionamos prestándole mi teléfono; Valentín había ido a hacer la colada y Jose se estaba peleando con su meñique y la ampolla; como chico duro, no pidió ayuda.

La tarde no se prestaba a mucho más que a descansar y hacer tiempo para ir a cenar, por lo que Jose y yo optamos por dormir un poco, mientras que Marcos estaba consiguiendo dar el reporte del día y Valentín colgaba la ropa limpia. ¡Y apareció el catalán! Otro elefante en una cacharrería… De verdad que no se de donde quitaba tanto aguante, no se si cuando vuelva a Cataluña y pare, morirá o si es así siempre. En la habitación éramos muchos los que estábamos descansando y cuando entró todo eléctrico, un león saltó desde la litera de arriba y le cayo la boca con un: “¡Oye, que aquí hay gente que quiere descansar tranquilo!” Coño… era Jose… Recordemos, yo vine en modo evasión y relax; Jose en modo relax, limpieza del karma y a pedir perdón por sus pecados peeeeeeeeeero, el sucumbió y le dio una buena razón para que se callase.

Fue perfecto para levantarse e ir al bar a tomarse una antes de la cena. Marcos y Valentín llegaron un poco más tarde, una vez que terminaron sus labores. Cenamos y seguimos la sobremesa con copa de crema de orujo y conversaciones interesantes. Cuando se escucha a 3 hombre de distinta vida (porque el país y la condición matrimonial en este caso no tiene importancia) aprendes mucho; te sorprendes y empiezas a entender un poquito más a ese sexo al que le llaman el “fuerte”… Recordamos que el albergue cerraba a las 10, eran las 10:30. Éramos los únicos peregrinos que quedábamos en el restaurante; pero llevábamos viendo al catalán y a otro chico yendo y viniendo a comprar botellas de caña de hierbas a lo largo de la noche. La puerta principal del albergue ya estaba cerrada por lo que tuvimos que ir a lo ladrón y montar un pequeño muro. Escuchamos ruido en la cocina y allá fuimos. Allí estaba medio albergue, con 5 botellas de caña de hierbas vacías encima de la mesa. El cabecilla: el catalán, por supuesto. Viendo como iban las botellas, Jose fue a comprar una más. Nos dieron las 12, a ver quien se levanta mañana…

No había dejado de llover en toda la tarde. La mezcla de copitas nos ayudó a quedarnos dormidos sin rechistar…

Mela Malouco.