Una Guía en el Camino. 7ª Jornada. Ribadixo De Abaixo – Lavacolla. 33Kms.

Vaya mañanita… En la habitación se respiraba un ambiente resacoso que tiraba para atrás. Eran las 6 de la mañana y allí no se oía a nadie; solo Valentín que estaba casi listo y tiró por nosotros para que nos levantásemos al ritmo del famoso “quinto levanta…!!”. Yo me levanté y me lleve todo conmigo para el baño que estaba fuera de la habitación y les deje recogiendo lo suyo.  Los demás compañeros de habitación remolonearon todo lo que yo no pude. Cuando ya llevaba unos 20 minutos lista con la mochila al hombro y con el chuvasquero casi puesto (si, fue el único día que nos llovió, pero no sufrais, duró  poco más de media hora) empecé a dar vueltas esperando por mis chicos. No aparecían. Cuando desistí me acerqué al bar y oh, allí estaban desayunando; sin mi. “Llevo 20 minutos buscándoos”, su respuesta unánime: “donde creías que íbamos a estar?” Contesté: “pues tenéis razón”. Marcos y Jose (e imagino que yo también) tenían cara de “uf! No podemos llevar este ritmo nocturno”; Valentín, sin embargo, no tenía cara de nada, más bien era una mirada perdida que se pidió dos zumos naturales y se los bebió de golpe. Necesitaba vitaminas y el formato era lo de menos. Que pronto se pega lo malo… Me dieron tiempo a desayunar y comenzamos etapa.

Sabíamos que iba a ser una etapa dura, la noche anterior nos había dejado sin demasiadas energías, además de que el cansancio se hacía notar. Santiago estaba cada vez más cerca, pero todavía lejos; teníamos una sensación extraña. En dos días se terminaría el viaje, la experiencia, la convivencia (si lo podemos definir como tal), la compañía…Queríamos llegar y no.

Cuando salimos del bar, seguía lloviendo, muy poquito, pero llovía. Nos pusimos el chuvasquero y, de repente, nos convertimos en 4 pingriños: peregrinos con chuvasquero para la lluvia. ¡¡Parecíamos 4 jorobados de Notre Dame!! Jajajaja… La etapa nos castigó en un primer momento con una subidita pronunciada, que nos costó subirla. Valentín llevaba la cámara en la mano y se quedaba atrás… Uuuuummmmmh… Se quedaba demasiadas veces por detrás, había dejado de preguntarnos todo el rato que qué tal íbamos, si nos dolía algo, sin darnos ánimos para seguir. Nos quedamos viendo los 3 (Marcos, Jose y yo) y pensamos: “hoy la resaca le está matando y como el muera, nosotros vamos detrás!” Pues si, lo confesó. Estaba muerto, tenía el estómago que le pedía litros y litros de agua para limpiar. Oh! Oh! En esta etapa fuimos los 3 los que tiramos por nuestro hombretón de élite. A medida que caminábamos, íbamos pensando en donde nos rendiríamos esta vez; habíamos decido casi in extremis que no íbamos a ser capaces de llegar hasta Monte do Gozo así que, no hicimos más que preguntar en el Camino si había algún albergue antes del Gozo y a cuanto quedaba.

Hicimos unas cuantas paradas a lo largo de la etapa. Valentín estaba hecho polvo, tenia el estómago como una centrifugadora; tenía una carita… Marcos, Marcos no se quejaba pero también llevaba cara de cansado; la rodilla le daba latigazos pero cuando cogía fuerza le metía una caña a los bordones que nos dejaba atrás. Jose,  Jose estaba sufriendo… Esa mañana estuvo a punto de abandonarnos. Nos pedía que le dejásemos en el Camino, que necesitaba recuperarse. El talón derecho le estaba rompiendo de dolor y el sentido. En el momento que nos lo pidió, que siguiésemos sin él, respondimos todos al unísono: “¡o vamos todos, o no vamos ninguno!” Nos faltó ponernos a cantar el himno del Liverpool: “You´ll never walk alone”. Se cumplió todo el Camino. Después de vernos tan rematadamente convencidos de lo que le habíamos contestado, Jose se vio obligado a no tirar la toalla y seguimos. ¡No salíamos de ellas! A Marcos le acababa de salir ampollas en las manos… Si, si, si… Pero no, os equivocáis. Los bordones que se había comprado a mitad de Camino, tenían las empuñaduras de corcho y le metía tanta caña al andar, que le salieron una ampolla en cada mano. Menos mal que no hizo falta que Valentín se las curase, creo que no iba a ser capaz ni de meter el hilo en la aguja… Jejeje… Seguía recuperandose.

La lluvia nos dio tregua, aun que de vez en cuando caían algunas gotas gordas que nos hacían volver a ponernos el chuvasquero a todo meter para volver a quitarlo a los 3 minutos. Decidimos dejar que la lluvia nos refrescara y aliviara a Valentin, las manitas de Marcos y el talón de Jose. La etapa fue muy rural, muy rústica. Las horas pasaban y no se acababa nunca; volvíamos a preguntar una y otra vez qué albergue teníamos antes de Monte do Gozo. Todos nos respondían lo mismo, hubiésemos recorrido los kms que hubiésemos recorrido: “uy! Aun os quedan unos 10kms hasta Lavacolla y después otros 9 hasta Santiago de Compostela”. Juer, yo me preguntaba una y otra vez, ¡cuánto medían sus kilómetros por que los míos miden 1.000 metros y nosotros llevábamos 2 horas escuchando que nos quedaba la misma distancia cada vez que preguntábamos! Llegamos a una zona urbana y volvimos a preguntar, la respuesta: “uy, el albergue os queda a unos 10kms (…) Seguis por ahí… bla bla bla”. Noooooooooooo. Yo dije que me rendía, eran las 5 y pico y de la tarde y andar más, iba a suponer no moverse al día siguiente o, lo que sería peor, llegar al albergue y no tener cama. Bien, estuvimos todos de acuerdo en “abandonar” por hoy y buscar donde dormir y… ¡Eureka! Un hostal apareció delante de nosotros: “Hola, somos 4”. Listo, habitación y a dejar todo en la ducha. Quedándonos allí, dejábamos 9Kms para el día siguiente; nos sobraba, en dos horas llegaríamos de sobra a Santiago, con salir a las 7 llegaba. Costó 16E/cada uno. La habitación tenía 5 camas, un baño y una terraza a la que salías por la ventana (…) Daba igual, ya estábamos en “casa”. Nos duchamos, dejamos la habitación como pudimos y nos fuimos a la calle.

¿A quién nos encontramos en la recepción del hostal? A Katoh y a los catalanes que yo había dejado atrás cuando encontré a Marcos y Jose en la salida de O Cebreiro. Si es que, al final encuentras a todos. Charlamos un poco y nos fuimos a hacer que estirábamos un poco en un pequeño parque pegado al hostal. Bueno, justo al lado del parque había un bar… Hicimos ambas cosas, estiramos (sobre todo el “profesional de Jose”) y tomamos una cañita antes de la hora de cenar. Valentín tomo un zumo, Marcos revisaba las ampollas… Nos fuimos a cenar al hostal. Corrió el vinito con gaseosa (al que Valentín no consiguió resistirse), los choquitos, la carne asada…  Nos fuimos llenos para cama. No tardamos mucho en quedarnos dormidos, entre la barriga llena, el vino, el cansancio y el dolor, no hacía falta nada más para hacernos cerrar los ojos…

Mela Malouco

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Acerca de EscapadaRíasBaixas

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